
Abriendo su maletín, sacó una carpeta, llena de notas, recortes y fotos de la familia Holland. Esparció las fotografías como si fueran las cartas de una baraja. La primera carta boca arriba era el rey de diamantes, el viejo Dutch Holland, patriarca y aspirante a gobernador del Estado. Un hombre que decía ser del pueblo, pero Kane sabía que era tan retorcido como un nudo marinero.
La segunda era la foto de la ex mujer de Dutch, Dominique, todavía una modelo preciosa, pero que vivía fuera del país por entonces. Se supone que sería una buena fuente de información para su búsqueda, siempre y cuando se le ofreciera la cantidad de dinero adecuada. Luego estaban las dos fotos de las dos hijas de los Dutch: Miranda y Tessa. La última foto era de Claire.
Claire estaba metida en aquel asunto, metida hasta el fondo, según Kane.
Kane tensó las mandíbulas cuando miró los dos rostros sin sentimiento, con poses forzadas por algún anónimo aunque caro fotógrafo. Dejó las dos fotografías de Miranda y Tessa, la mayor y menor de las hijas, en la mesa, junto a las de sus padres. Sin embargo examinó la de Claire con más detenimiento. La fotografía le llevó a recordar tiempo atrás. Iba montada a horcajadas sobre un pony, del cual sólo se podía ver la parte trasera y el cuello. Pero Claire aparecía justo en el centro del objetivo de la cámara. Su cámara.
Ojos claros, nariz recta, pómulos claros y rizos sueltos color marrón canela que enmarcaban un rostro ovalado. Dios, era preciosa. Tenía una sonrisa tímida y enigmática, una excitación inocente. Demonios, aún sentía aquella aceleración discreta del pulso cuando pensaba en ella, la chica que lo tenía todo, que le había mirado con desdén y pena.
Pero nunca más.
Ahora las tornas habían cambiado. Él tenía el control. Remordimientos de conciencia salpicaron su cabeza, porque sabía que lo que estaba a punto de hacer podría exponer a Claire a la más absoluta vigilancia. Su vida se pondría del revés y sería sacudida hasta que toda la porquería se destapara. Todos los secretos escondidos se expondrían como los huesos blancos de los cadáveres del desierto.
