
– Has oído hablar del dinero manchado de sangre, ¿no, chico? Pues bien, éste es dinero sucio, ganado por tu madre por abrirse de piernas con ese hijo de puta rico. Recuerda eso, Kane: ninguna mujer merece que le entregues tu corazón o tu cartera. Son la escoria del planeta. Putas. Jezabeles -y entonces empezaba a citar las escrituras, mezclando versos que no tenían sentido.
Kane recordó el día en que su madre se marchó.
– Volveré -prometió con lágrimas recorriéndole por las mejillas mientras abrazaba a su hijo, sin desprenderse de él, como si supiera que nunca más le iba a volver a ver-. Volveré para alejarte de él.
Papá dormía, roncando, descansando de la última juerga.
Kane no hizo más que levantar las manos para abrazarla y decirle adiós. Ella entró en un coche grande y negro. Lo conducía un hombre de rostro serio. Kane simplemente la miraba con los ojos acusándola de traidora y de haberle fallado.
– Te lo prometo, cariño. Volveré.
Pero no fue así. Su mentira no era más que otro eslabón en la cadena estropeada de promesas rotas que se habían sucedido en la vida de Kane. No la volvió a ver, y tampoco se preocupó de averiguar qué le había sucedido. Hasta ahora.
Y la verdad duele, duele de verdad.
No se molestó en coger un vaso, simplemente abrió la botella y le pegó un buen trago. Limpió la fórmica con la manga de su abrigo. Encendió el ordenador y se sentó a la mesa de patas metálicas, lugar donde había comido la mayoría de las veces durante los primeros veinte años de su vida. La compañía eléctrica debía de haber reconectado los viejos cables porque la pantalla parpadeó y el portátil hizo sonido de funcionamiento.
