Un nuevo comienzo.

Bebió de nuevo de la botella. Un trago de güisqui le causó ardor en el estómago, y Kane se preguntó por qué, en lugar de sensación de satisfacción, sentía una premonición espantosa, como si inconscientemente diera un paso hacia el infierno.


– No me importa que tengas que besar el feo culo de Moran o llevarle a juicio durante el resto de su vida. Encuentra algo que podamos usar en su contra. ¡Soborna o mata a ese estúpido bastardo con tus propias manos, Murdock! ¡Pero encuentra la manera de sabotear ese maldito libro! -Dutch colgó de golpe el teléfono del coche-. Cretino inútil -refunfuñó, aunque en realidad, Ralph Murdock, su abogado y representante de campaña, era una de las pocas personas en este mundo en las que Benedict Holland confiaba.

Sujetando el puro que llevaba entre los dientes, pisó el acelerador y el Cadillac salió disparado. Los neumáticos derraparon en la estrecha carretera, dejando aquel tramo de árboles. El cuentakilómetros marcaba más de noventa y los abetos, cubiertos de musgo, se convirtieron en una imagen borrosa.

¿Quién iba a pensar que el fantasma de Harley Taggert iba a aparecer ahora, en un momento crítico de su vida? ¿Y quién demonios se pensaba que era Kane Moran, el hombre que escribía la historia sobre la muerte de Harley? La última vez que Dutch le había visto, hacía años, Moran era un crío malhumorado y rencoroso, un gorila metido en problemas con la justicia. De algún modo, había sacado algo de provecho del colegio y se había convertido en un periodista tonto y arriesgado que, debido a alguna maldita herida, había decidido volver a su casa de Oregón para escribir un libro acerca de la muerte de Harley Taggert.

Mientras su coche corría por la montaña, Dutch experimentó de nuevo la tensión en su pecho. La misma vieja sensación de pánico que le recorría cada vez que recordaba al crío de los Taggert morir. En lo más profundo de la oscuridad de su corazón, sospechaba que una de sus hijas había golpeado el cráneo del chico.



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