¿Cuál de ellas? ¿Cuál de las chicas lo había hecho? La mayor, Miranda, una abogada que trabajaba para la oficina del abogado del distrito, era ambiciosa hasta el punto de convertirse en un defecto, y muy orgullosa. Se parecía tanto a su madre que le espeluznaba. Randa había heredado el pelo fuerte y oscuro de Dominique y sus ojos azules. Había escuchado comentarios acerca de que Miranda era altiva, que por sus venas no corría sangre, pero realmente no era lo bastante fría o estúpida para matar al crío de los Taggert. No, Dutch no lo creía. Randa era muy dueña de sí misma, una mujer que sabía qué quería conseguir en la vida.

Claire, la mediana, era la tranquila, romántica por naturaleza. De niña era torpe, simple en comparación con sus hermanas, pero fue creciendo y Dutch sospechaba que sería una de esas mujeres que mejoran a medida que pasan los años. Cuando murió Harley, se convirtió en una mujer de voz suave y cuerpo atlético. Ella, la mediana, a la que no había prestado nunca mucha atención. Nunca le causó ningún problema, excepto cuando se enamoró de Harley Taggert.

Por último estaba Tessa, la pequeña. Y la rebelde. No había ninguna razón por la que quisiera ver muerto a Taggert. Al menos ninguna que Dutch conociera. La idea le revolvía el estómago.

Hasta hacía poco, a Dutch no le había importado el fallecimiento de Taggert.

Ahora tenía los dedos sudorosos sujetando el volante. Claire, de encantadores ojos y pecas, no era una asesina. No podía serlo. Señor, no era posible. ¿O sí? ¿Qué pasaba con Miranda? Quizá no conocía a su hija mayor tanto como creía.

El sol brillaba bajo las colinas del oeste, cegándole con sus rayos brillantes. Bajó la visera. La carretera se dividió y tomó el camino hacia la pequeña ciudad de Chinook. Se dirigía a la vieja cabaña de nativos americanos que había comprado a un precio muy bajo.



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