El Cadillac se tambaleó cuando Dutch tomó la curva demasiado rápida, pero apenas lo notó, ya que conducía por en medio de los dos carriles. Una furgoneta que iba en dirección contraria tocó el claxon y patinó sobre la gravilla para evitar el choque.

– Bastardo -refunfuñó Dutch, todavía sumido en sus pensamientos.

Su hija menor, Tessa, era, y siempre había sido, la inconformista de la familia. Era rubia y tenía los ojos azules. A los doce años su cuerpo ya tenía curvas obscenas. Tessa siempre había sido la oveja negra de la familia. Mientras Miranda había intentado agradar, y Claire había pasado inadvertida, Tessa desafiaba a Dutch descarada e intencionadamente cada vez que podía. Sabía que era su favorita. Se rebelaba a cada momento. Un problema, eso es lo que Tessa había sido, pero Dutch no podía creerlo. No creía que fuera una asesina.

– Que se vayan al diablo -murmuró mientras acababa de fumarse el puro. Ojalá hubiera tenido la suerte de tener hijos. Las cosas hubieran sido diferentes. Bastante diferentes. Dios le había jugado una mala pasada con esas chicas.

Las hijas siempre traen desgracias a los hombres.

Aflojó el acelerador al llegar a un pino inclinado. Lo había plantado hacía una eternidad, cuando había comprado aquel lugar para Dominique. Condujo el coche hacia el camino privado que llevaba a la finca. Había estado enfermo de amor en la época en que plantó aquel pequeño pino en la tierra, pero los años le habían cambiado, aquel amor se había gastado tanto que había acabado haciéndose añicos, como el cristal al romperse.

Abrió las puertas y condujo por el asfalto agrietado que tiempo atrás era un paseo bien cuidado. El agua cristalina del lago centelleaba seductora por entre los árboles. Cómo le había encantado este lugar.

La nostalgia le empañaba el corazón a medida que tomaba la curva final y veía la casa, una cabaña de caza vieja y de formas complicadas. A su alrededor había plantado un abeto y un roble, y tenía cuatro plantas.



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