– Claro que funcionará. Construiré pistas de tenis y una piscina con su casita. Tú puedes tener un jardín y un estudio propio en el garaje.

Tessa, pequeña y quisquillosa como siempre, dio un fuerte berrido y se acercó a los brazos de la niñera.

– Shhh -susurró al querubín de rostro colorado. Bonita apenas llegaba a los dieciséis años de edad y permanecía ilegal en los Estados Unidos.

– No puedo vivir aquí. -Dominique se mantenía firme.

– Seguro que sí.

– ¿Cómo aprenderán francés las niñas?

– Contigo.

– No soy una profesora.

– Contrataremos a una. La casa es grande.

– ¿Qué pasará con las clases de piano, violín, esgrima, equitación…? Oh, Dios mío. -Miró examinando lo que le rodeaba. Tenía los ojos azules húmedos, y se apretaba los labios con sus cuidados dedos.

– Funcionará, te lo prometo -insistió Dutch.

– Pero probablemente no pueda… No estoy hecha para ser una criada… Voy a necesitar más ayuda aquí, a parte de la de Bonita.

– Lo sé, lo sé. Ya he hablado con una mujer, una mujer india que se llama Songbird. Tendrás más ayuda de la que necesites, Dominique. Podrás vivir como una reina.

Dominique hizo un sonido de desaprobación desde la garganta.

– La reina de ningún sitio. Una buena definición ¿no crees?

A partir del día siguiente odió vivir allí, a pesar de estar cerca del lago. Predijo que nada bueno sucedería en ningún lugar cercano a las orillas de lago Arrowhead.

Dutch bajó la ventanilla del coche un poco más, dejando entrar el húmero aire del verano. El agua, salpicada por los rayos del caluroso sol, parecía apacible, incapaz de causar tanto dolor y agonía.



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