– Hijo de puta -murmuró, con el puro colocado firmemente entre los dientes, mientras cogía la botella de güisqui escocés que había comprado en la ciudad.

Salió del coche, y caminó por encima de numerosas pinas y hojas que había frente a la puerta delantera. Se abrió fácilmente, como si le estuviera esperando. Las suelas de los zapatos se le enganchaban al polvoriento suelo de madera, y creyó oír un ratón escabullándose en una esquina a oscuras.

En la cocina, revolvió los armarios y encontró un vaso, lleno de polvo debido a los años de abandono. Había hecho unas llamadas y la electricidad, teléfonos, gas y agua habían vuelto a funcionar. Los cinco días siguientes la casa se limpiaría de arriba abajo, y sus hijas, ya mayores, volverían, quisieran o no.

Limpió el vaso con los dedos y se echó un buen chorro de güisqui. Luego subió las escaleras en dirección a la habitación que había compartido con Dominique durante años. La cama, rodeada por cuatro columnas, no tenía sábanas. Un plástico cubría el colchón. Caminó hacia el ventanal, abrió las cortinas y, sorbiendo la bebida, miró hacia la piscina, completamente seca, repleta de hojas y suciedad que atascaban el desagüe. La casita de la piscina, situada cerca del trampolín, estaba cerrada. Así había permanecido durante años. A continuación miró más allá de la piscina, hacia el lago que tanto amaba. Mirando las tranquilas aguas, sintió miedo, como el tic-tac de un reloj sonando incesantemente en su cabeza.

¿Qué pasó tiempo atrás? ¿Qué descubriría? Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Bebió del vaso, sintió cómo el fuerte licor le sacudía la parte inferior de la garganta y le ardía en el estómago. Mientras, bajaba las escaleras, lejos de aquella morgue, con la mente llena de viejos y tenebrosos recuerdos, sexo decepcionante y muy poco amor. Dios, Dominique se había convertido en una zorra.



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