El corazón de Claire se partió. Mordiéndose el labio, intentó evitar las lágrimas y abrazó a Samantha. Rota por dentro, admitió la verdad.

– Papá y yo teníamos muchos problemas, eso ya lo sabes.

– Todo el mundo los tiene. Eso es lo que dices -en la voz de Samantha se percibían dudas. Su cabeza, cubierta de cabellos rubios, que antes se había levantado, ahora se agachaba.

– Es verdad, cariño. Todo el mundo tiene problemas, pero…

– No -intentó apartar a su madre, alejarse de la verdad.

Pero Claire decidió que no había mejor momento que aquel para decírselo, especialmente si sus amigos se lo estaban haciendo pasar tan mal.

– Pero también es verdad que Jessica dice que papá y ella eran… bueno, íntimos.

El cuerpo de Samantha empezó a temblar con violencia.

– ¿Íntimos?

– Quiere decir que papá se la tiraba -explicó Sean.

– ¡No!

– ¡Calla, Sean! -Claire se acercó más a su hija-. No uses ese lenguaje en casa.

Los ojos de Samantha ardían.

– Pero él no lo hizo, ¿no? Papá no podría… Nunca.

– Fuese lo que fuese lo que pasase, tienes que tener fe en tu padre. -Claire se escuchó a sí misma decir aquello. Las palabras resonaban como el horrible sonido de una campana olvidada. Ella había perdido la fe en Paul hacía mucho tiempo. Le había dejado, a él y la farsa en que se había convertido su matrimonio hacía años. Sólo había aguantado por los niños. Ahora aquello parecía una broma cruel y desagradable. Los niños siempre lo recordarían-. Papá y yo ya nos habíamos separado cuando… bueno, cuando Jessica dijo que había sucedido aquello.

– ¿Estás diciendo que Jessica mintió? -preguntó Samantha, con esperanzas en su débil voz.



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