
Frente a la puerta, introdujo la llave en la vieja cerradura, y el pestillo cedió. La puerta se abrió con un chirrido. Cayó serrín del cerrojo inservible y estropeado.
Años de polvo, aire corrompido y un sentimiento general de sueños perdidos le invadieron a medida que cruzaba el umbral. En segundo lugar, pensó en sus compañeros por primera vez desde que decidió aceptar esta misión. Quizá volver había sido una mala idea. Puede que la persona que inventó el dicho «no despiertes al león dormido» sabía algo que Kane desconocía.
Desastroso. Pasó por encima de una mesita de café patas arriba. Ya no era el momento de echarse atrás. Dejó su bolsa y saco de dormir sobre un sofá que había en una esquina. En su momento era un sofá de color rosa, moderno y dividido. Ahora era de un color gris rosado debido a la suciedad. Tenía el relleno fuera de la funda y manchado. Los marcos de las ventanas estaban secos y descascarillados, cubiertos de esqueletos de insectos, restos del alimento de las arañas. En una esquina del techo, donde las tejas estaban inclinadas, había un nido casi podrido y a punto de caerse. Los muros hechos con madera de pino estaban llenos de moho, y el olor a humedad penetraba por toda la cabaña como una sombra fétida.
Había acampado en lugares peores que ése a lo largo de los años. Había visto tugurios de Oriente Medio y Bosnia que hacían parecer un palacio a esta cabaña. Pero nunca había llamado hogar a ninguno de aquellos desagradables lugares. Solamente en este lugar sentía cómo su alma sangraba y se encontraba desnuda. Era la casita destartalada donde su madre le había criado durante los primeros años de su vida. Una madre cuyas suelas de zapatos eran finísimas, debido a todo lo que tenía que andar detrás del mostrador de Westwind Bar and Grill.
– Tienes que cuidarte, cariño -decía ella, tocándole suavemente en el hombro y mostrándole una sonrisa triste-.
