Llegaré tarde a casa, así que cierra la puerta con llave. Papá volverá pronto. -Mentira. Siempre era mentira, pero él nunca preguntaba. Su madre le regalaba un beso en la mejilla. Alice Moran siempre había olido a rosas y a humo, una mezcla de perfume barato y contacto con los cigarrillos. Durante años, el cajón de su aparador había estado lleno de cupones de cajetillas de cigarrillos, guardados y usados para comprar algo especial diferente a los artículos de primera necesidad. La mayoría de los regalos de Navidad y cumpleaños que Kane había recibido habían sido gracias al vicio de la nicotina de su madre.

Pero aquello había sucedido hacía mucho tiempo, cuando la vida, aunque difícil, era simple para un niño de ocho o nueve años. Fue alrededor de la época en que murió papá cuando sus desdichadas vidas cambiaron a peor.

No había muchas razones por las que dar vueltas al pasado, así que Kane ignoró la ira salvaje que sentía en las tripas al igual que hacía con el dolor que sufría en la cadera. Encontró un periódico amarillento de hacía quince años y se sintió como entonces: un adolescente rebelde, torpe y cachondo. Deseaba conseguir algo más de la vida, saborear nuevas cosas, un deseo de ser tan bueno como los Holland o los Taggert, las familias más ricas del lago. Eran la élite de aquella diminuta localidad costera y también de la ciudad de Portland, a unas noventa millas al este.

Había deseado a Claire. Había fantaseado con ella, con una lujuria que había cegado sus sentidos y con fuego entre sus piernas. Con la rica e inalcanzable hija de Dutch Holland.

Hizo una bola con el viejo periódico, apretándolo con la mano. Mientras tanto, recordaba cuántas noches había permanecido despierto en la cama, intentando diseñar un plan para estar con ella. Ninguno de ellos se materializó en otra cosa que no fuera frustración, sudores, y una erección en el pene que se lo hacía tener tan rígido como un asta de bandera en un día sin viento.



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