
No quería pensar en Claire. Sólo le traía a problemas, y además nunca había sido lo bastante bueno para ella. No. En la adolescencia Claire se había fijado en Harley Taggert, hijo del mayor competidor de su padre. Excepto una vez. Una mañana mágica.
– Diablos -refunfuñó, intentando recordar la imagen de Claire. A pesar de la lluvia, abrió las ventanas, dejando entrar la brisa áspera y húmeda impregnada de la fragancia del océano Pacífico. Tal vez aquel aire frío haría esfumarse los insistentes sentimientos de desprecio y esperanzas perdidas. Sentimientos que se aferraban, como telarañas que no quieren irse, a las cortinas descoloridas y trozos de mobiliario barato de aquel basurero.
Dejó la puerta completamente abierta mientras iba una vez más al Jeep para coger su maletín, el teléfono móvil, el ordenador portátil, y una pinta de güisqui irlandés, cuya etiqueta mostraba la bebida barata que más le gustaba a su padre. Era irónico, él tomando el mismo licor que papá, un hombre al que había detestado, pero después de todo parecía algo normal. Hampton Moran había sido un miserable hijo de puta, esquelético. Después del accidente que le dejó en silla de ruedas, se convirtió en un borracho violento, lleno de autocompasión y de cólera. Ya antes de la caída que le dejó lisiado, bebía demasiado y pegaba a su mujer y a su hijo. Más tarde, cuando sólo quedaba Kane para cuidarle, se redujo a restos amargados de un hombre que buscaba consuelo y alivio en la botella. Black Velvet se convirtió en su mujer favorita, cuando se lo podía permitir; Jack Daniels en un amigo, a veces demasiado caro. Casi siempre alimentaba sus sueños rotos con güisqui irlandés de mala calidad.
No se preguntaba adónde había ido la madre de Kane. No había tenido otra salida. Un hombre rico la había cortejado, le prometió una vida mejor siempre y cuando dejara a Hampton y a su hijo. El tipo no necesitaba al rebelde chico, era equipaje extra; ya había medio criado a dos niños propios.
