
Juntos cruzamos el jardín de Gus y subimos por los escalones del porche. Henry golpeteó el cristal de la puerta.
– ¿Gus? ¿Estás bien?
Ahora el gemido fue inconfundible. Henry abrió la puerta con la llave y entramos. La última vez que vi a Gus, hacía unas tres semanas, estaba en su jardín reprendiendo a dos niños de nueve años por practicar ollies con el monopatín en la calle delante de su casa. Es verdad que hacían mucho ruido, pero a mí me pareció que tenían una paciencia y una destreza notables. También pensé que era mejor que emplearan sus energías aprendiendo a dominar el kick flip que ensuciando ventanas con jabón o volcando cubos de basura, que es como se entretenían los chicos en mis tiempos.
Vi a Gus medio segundo después que Henry. El anciano se había caído. Yacía sobre el costado derecho y estaba blanco como el papel. Tenía el hombro dislocado y la cabeza del húmero se había salido de su cavidad. Bajo la camiseta sin manga, la clavícula descollaba como un retoño de ala. Gus tenía los brazos muy delgados y la piel tan translúcida que pude ver cómo las venas se le bifurcaban por los omóplatos. Los hematomas de color azul oscuro indicaban lesiones de ligamentos o tendones que sin duda tardarían en curar.
Sentí una punzada de dolor, como si yo misma hubiese padecido la lesión. He matado en tres ocasiones, pero siempre en defensa propia, y en ninguno de los casos he experimentado la misma aprensión que ante huesos salidos y otras formas visibles de sufrimiento. Henry se arrodilló junto a Gus e intentó ayudarlo a levantarse, pero desistió al oír el penetrante alarido del anciano. Advertí que a Gus se le había desprendido un audífono y estaba en el suelo fuera de su alcance.
