
Al cabo de tres minutos, oí el agudo ululato de la sirena de la ambulancia al entrar en nuestra calle. Me acerqué a la puerta y vi al conductor aparcar en doble fila y salir con los dos auxiliares que viajaban en la parte posterior. Detrás se detuvo un vehículo rojo de la brigada de bomberos, del que también se apeó personal médico de emergencia. Las luces destellaban a un ritmo extrañamente sincopado, un tartamudeo en rojo. Abrí la puerta a los cinco auxiliares, tres hombres y dos mujeres, en camisa azul con insignias en las mangas. El primero acarreaba el equipo, de entre cinco y ocho kilos, incluido un electrocardiógrafo, un desfibrilador y un oxímetro de pulso. Una mujer llevaba una mochila con un botiquín de primeros auxilios, que, como yo sabía, contenía fármacos y un dispositivo intubador.
Después de ir a cerrar la puerta de atrás, salí al porche delantero y esperé mientras los auxiliares llevaban a cabo su trabajo. La suya era una tarea en la que pasaban la mayor parte del tiempo de rodillas. Por la puerta abierta oía el reconfortante murmullo de las preguntas y las trémulas respuestas de Gus. Yo no quería estar presente cuando llegara el momento de moverlo. Un grito más, y tendrían que atenderme a mí también.
Poco después Henry se reunió conmigo y los dos nos retiramos a la calle. Había vecinos dispersos por la acera, atentos ante aquella emergencia de causas desconocidas. Henry charlaba con Moza Lowenstein, que vivía a dos casas. Como la vida de Gus no corría peligro, podíamos hablar sin la sensación de estar faltando al respeto. Tardaron otros quince minutos en colocar a Gus en la parte trasera de la ambulancia. Para entonces tenía puesto un gotero.
Henry consultó con el conductor, un hombre de treinta y tantos años, robusto y de cabello oscuro, que nos dijo que trasladaban a Gus al servicio de urgencias del hospital de Santa Teresa, que la mayoría de nosotros llamábamos cariñosamente «St. Terry».
