
Henry dijo que los seguiría en su coche.
– ¿Vienes?
– No puedo. Tengo trabajo. ¿Me llamará después?
– Claro. Te llamaré en cuanto sepa algo.
Cuando la ambulancia se marchó y Henry salió del camino de acceso marcha atrás, subí a mi coche.
De paso, me detuve en el bufete de un abogado y recogí una orden de comparecencia que notificaba a un progenitor sin custodia que se había solicitado una modificación de la pensión de alimentos. El ex marido era un tal Robert Vest, en quien yo pensaba ya cariñosamente como «Bob». Nuestro Bob era un asesor tributario autónomo que trabajaba desde su casa en Colgate. Consulté la hora y, como apenas pasaba de las diez, me dirigí hacia allí con la esperanza de encontrarlo en su mesa.
Localicé la casa y reduje un poco la velocidad al pasar por delante; luego di media vuelta y aparqué en la acera de enfrente. Tanto el camino de acceso como la plaza de aparcamiento estaban vacíos. Puse los papeles en mi bolso, crucé y subí los peldaños del porche. El periódico de la mañana estaba en el felpudo, lo cual parecía indicar que Bobby aún no se había levantado. Tal vez se había acostado tarde la noche anterior. Llamé a la puerta y esperé. Pasaron dos minutos. Volví a llamar, con mayor insistencia. Tampoco hubo respuesta. Me desplacé un poco a la derecha y eché un rápido vistazo por la ventana. Más allá de la mesa del comedor se veía la cocina a oscuras. La casa tenía el aspecto lúgubre propio de un lugar vacío. Regresé a mi coche, anoté la fecha y la hora del intento y me fui a la oficina.
Capítulo 3
Solana
Seis semanas después de que la Otra dejara su empleo, también ella notificó su renuncia.
