
Había solicitado dos tarjetas de crédito nuevas a nombre de Solana Rojas dando su propia dirección. A su manera de ver, utilizar la licencia profesional y el crédito bancario de la Otra no era una conducta fraudulenta. Ni se le ocurriría comprar algo sin intención de pagarlo. Nada más lejos. Hacía frente a sus facturas en cuanto llegaban. Aunque se quedara en números rojos, era puntual a la hora de extender sus talones recién impresos y enviarlos. No podía permitirse retrasos en el pago porque sabía que si remitían una factura a una agencia de morosos, existía el riesgo de que su duplicidad saliera a la luz, y eso no le convenía. Ningún borrón debía empañar el nombre de la Otra.
La única pega que veía era que la Otra tenía una letra muy personal y una firma imposible de imitar. Solana lo había intentado, pero no conseguía dominar sus descuidados garabatos. Temía que un dependiente, por exceso de celo, comparase su firma con la firma en miniatura reproducida en el carnet de la Otra. Para evitar preguntas, llevaba una muñequera en el bolso y se la ponía en la muñeca derecha antes de comprar. Así podía decir que padecía el síndrome del túnel carpiano, lo que le granjeaba la compasión de los demás en lugar de desconfianza por su torpe aproximación a la firma de la otra.
Aun así, una vez pasó por una situación difícil en unos grandes almacenes del centro. Para concederse un capricho, se compró un juego de sábanas, una colcha y dos almohadas de pluma, que llevó al mostrador del departamento de ropa del hogar. La dependienta marcó el precio de los artículos en la caja registradora y, cuando miró el nombre en la tarjeta de crédito, alzó la vista sorprendida.
