– No me lo puedo creer. Acabo de atender a una Solana Rojas hace menos de diez minutos.

Solana sonrió y quitó importancia a la coincidencia.

– Eso pasa continuamente. En la ciudad, somos tres las que tenemos el mismo nombre y apellido. Todos nos confunden.

– Me lo imagino -dijo la dependienta-. Debe de ser un incordio.

– No, en realidad no es para tanto, aunque a veces resulta algo cómico.

La vendedora echó un vistazo a la tarjeta de crédito y, con tono amable, preguntó:

– ¿Puede enseñarme un documento de identidad?

– Por supuesto -contestó Solana.

Abrió el bolso y, con cierto teatro, revolvió el contenido. De pronto tomó conciencia de que no se atrevía a enseñar el carnet de conducir robado cuando la Otra acababa de estar allí. A esas alturas, la Otra tendría ya un nuevo carnet. Si lo había empleado para identificarse, la dependienta vería el mismo por segunda vez.

Dejó de hurgar en el bolso.

– ¡Dios santo! -exclamó con fingida perplejidad-. Ha desaparecido el billetero. No sé dónde puedo haberlo dejado.

– ¿Ha hecho alguna otra compra antes de venir aquí?

– Pues… ahora que lo dice, sí. Recuerdo que he sacado el billetero y lo he puesto en el mostrador mientras compraba unos zapatos. Seguro que he vuelto a cogerlo, porque he sacado la tarjeta de crédito, pero después debo de habérmelo olvidado.

La dependienta alargó el brazo hacia el teléfono.

– Con mucho gusto preguntaré en el departamento de zapatería. Seguro que lo han guardado.

– Pero es que no ha sido aquí. Antes he entrado en otra tienda de esta misma calle. Bueno, da igual. ¿Le importaría apartarme esto? Vendré a recogerlo y pagarlo en cuanto haya recuperado el billetero.



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