
A los veintiún años, Marie Terese se casó con un hombre llamado Panos Agillar. Le dio seis hijos en un periodo de ocho años antes de que él la abandonara por otra. A los treinta años se encontró sola y sin un céntimo, con ocho hijos de edades comprendidas entre los tres meses y los trece años. Volvió a casarse, esta vez con un hombre responsable y trabajador, de más de cincuenta años. Éste engendró a Solana, la primera hija de él y la última de su madre, y la única en común.
De niños, los hermanos de Solana reclamaron para sí todos los papeles obvios en una familia: el atleta, el soldado, el payaso, el buen estudiante, el teatrero, el timador, el santo y el manitas. En ella recayó el papel de botarate. Al igual que su madre, quedó embarazada de soltera y dio a luz a los dieciocho años recién cumplidos. A partir de ese momento, su vida fue una sucesión de desdichas. Nada le salía bien. Vivía al día, sin ahorros y sin la menor previsión de futuro. O eso suponía su familia. Sus hermanas le daban consejos y recomendaciones, la sermoneaban e intentaban persuadirla con zalamerías, y al final se daban por vencidas, pues sabían que Solana nunca cambiaría. Sus hermanos expresaban su exasperación, pero al final acostumbraban reunir el dinero necesario para sacarla de sus apuros. Nadie advirtió lo astuta que era.
Era camaleónica. El papel de perdedora era su disfraz. No se parecía a ellos, no se parecía a nadie, pero tardó años en comprender plenamente sus propias diferencias. Al principio pensó que su singularidad era fruto de la dinámica familiar, pero ya al comienzo de la educación primaria empezó a tomar conciencia de la realidad. En ella no se daban los lazos emocionales que unían a los otros alumnos entre sí. Actuaba como un ser aparte, sin empatía. Fingía ser como las demás niñas y niños de su clase, con sus peleas y sus lágrimas, su parloteo, sus risas y sus esfuerzos por destacar.
