– Mi mamá dice que no debo ser simpática contigo.

En cuanto al conde, nunca intervenía.

Y así continuó la vida de Sophie durante cuatro años, hasta que el conde sorprendió a todo el mundo una tarde mientras tomaba el té en la rosaleda, cuando, llevándose la mano al pecho y emitiendo una resollante exclamación, cayó de bruces sobre los adoquines.

No recuperó el conocimiento.

Su muerte fue una conmoción para todo el mundo. El conde sólo tenía cuarenta años. ¿Quién podía imaginar que le fallaría el corazón siendo tan jovcn? Y nadie se sorprendió más que Araminta, la que desde su noche de bodas había intentado desesperadamente concebir al importantísimo heredero.

– ¡Podría estar encinta! -se apresuró a decir a los abogados del conde-. No pueden darle el título a un primo lejano. Yo podría estar embarazada

Pero no estaba embarazada, y cuando se leyó el testamento del conde un mes después (los abogados decidieron darle el tiempo a la condesa para que comprobara si estaba embarazada), Araminta se vio obligada a sentarse al lado del nuevo conde, un joven bastante disipado que se pasaba la mayor parte del tiempo borracho.

La mayoría de los deseos expresados por el conde en su testamento eran del tipo normal. Dejaba legados a los criados leales. Dejaba fondos para Rosamund, Posy e incluso Sophie, asegurando respetables dotes para las tres niñas.

Y entonces el abogado llegó al nombre de Araminta.

A mi esposa Araminta Gunnzngworth, condesa de Penwood, dejo un ingreso anual de dos mil libras…

– ¿Sólo eso? -exclamó Araminta.

… a menos que acceda a albergar, proteger y cuidar de mi pupila, la señorita Sophia Maria Beckett, hasta que cumpla los veinte años, en cuyo caso el ingreso anual se triplicará a seis mil libras.

– No la quiero -susurró Araminta.

– No tiene por qué hacerlo -le recordó el abogado-. Puede…

– ¿Vivir con unas míseras dos mil libras al año? -ladró ella-. Creo que no.



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