
Pero es que era su verdadera hija, pensó Sophie, y ésa había sido su casa desde mucho más tiempo que de la condesa.
La condesa le soltó bruscamente el mentón.
– No quiero verte -siseó-. No quiero que me hables, y no intentes jamás estar en mi compañía. Tampoco hablarás con Rosamund ni con Posy fuera de las horas de clase. Ellas son las hijas de la casa ahora, y no deben asociarse con niñas de tu calaña. ¿Alguna pregunta?
Sophie negó con la cabeza.
– Estupendo.
Dicho eso, la condesa salió rápidamente de la sala, dejando a Sophie con las piernas y los labios temblorosos. Y muchísimas lágrimas.
Con el tiempo Sophie se fue enterando de más cosas acerca de su precaria situación. Los criados siempre lo sabían todo, por lo tanto todo llegaba finalmente a sus oídos.
La condesa, cuyo o nombre era Araminta, había insistido desde el primer día en que la expulsaran de la casa. Pero el conde se negó. No era necesario que amara a Sophie, le dijo tranquilamente, ni siquiera era necesario que le cayera bien; pero tenía que soportarla. Él había reconocido su responsabilidad hacia la niña durante siete años y no estaba dispuesto a dejar de hacerlo.
Siguiendo el ejemplo de Araminta, Rosamund y Posy trataban a Sophie con hostilidad y desdén, aunque estaba claro que el corazón de Posy no era dado a la tortura y la crueldad como lo era el de Rosamund. No había nada que gustara más a Rosamund que pellizcarle y retorcerle la piel del dorso de la mano cuando la señorita Timmons no estaba mirando. Ella nunca decía nada; dudaba de que la señorita Timmons tuviera el valor de reprender a Rosamund (la que sin duda correría a contarle una falsedad a Araminta), y si alguien advertía que sus manos siempre tenían moretones, nadie lo decía jamás.
Posy le demostraba amabilidad de tanto en tanto, aunque con más frecuencia que menos se limitaba a suspirar y decir:
