
Pero por fin iba a tener hermanas.
Ah, sabía muy bien que no podría llamarlas hermanas. Sabía que la presentarían como Sophia Maria Beckett, la pupila del conde, pero ella las «sentiría» como hermanas. Y eso era lo que verdaderamente importaba.
Y así, una tarde de febrero, Sophie se encontró en el gran vestíbulo principal junto con todos los criados reunidos allí, esperando, mirando por la ventana para ver llegar por el camino de entrada el coche del conde que traía a la nueva condesa y a sus dos hijas. Y al conde, claro.
– ¿Cree que le caeré bien? -preguntó en un susurro a la señora Gibbons, el ama de llaves-. A la esposa del conde, quiero decir.
– Claro que le caerás bien, cariño -le susurró la señora Gibbons.
Pero Sophie vio que en sus ojos no había tanta seguridad como en el tono de su voz. Tal vez la nueva condesa no aceptaría de buena gana la presencia de la hija bastarda de su marido.
– ¿Y tendré las clases con sus hijas?
– No tiene ningún sentido que te den las clases por separado.
Sophie asintió, pensativa, y entonces vio el coche avanzando por el camino de entrada. Se revolvió inquieta.
– ¡Han llegado! -susurró, nerviosa.
La señora Gibbons alargó la mano para darle una palmadita en la cabeza, pero ella ya había corrido hasta la ventana, y estaba con la cara prácticamente pegada al cristal.
El conde bajó primero del coche y se volvió a ayudar a bajar a dos niñas. Éstas vestían abrigos negros iguales. Una llevaba una cinta rosa en el pelo; la otra, una cinta amarilla. Cuando las niñas se hicieron a un lado, el conde alargó la mano hacia el interior del coche para ayudar a bajar a una última persona.
