A Sophie se le quedó el aire atrapado en la garganta mientras esperaba la aparición de la condesa. Cruzó los deditos y de sus labios salió una sola súplica: «Por favor. Por favor, que me quiera».

Tal vez si la condesa la amaba, el conde la amaría también, y tal vez, aunque no la llamara hija, la tratara como si lo fuera, y entonces serían una verdadera familia.

Mirando por la ventana, Sophie vio bajar del coche a la condesa, y sus movimientos tan elegantes y gráciles le recordaron a la delicada alondra que de vez en cuando chapoteaba en el agua del bebedero del jardín. Incluso su sombrero estaba adornado por una larga pluma color turquesa que brillaba al sol del crudo invierno.

– Qué hermosa es -susurró.

Echó una rápida mirada a la señora Gibbons para calibrar su reacción, pero el ama de llaves estaba muy erguida, en rígida posición firme, sus ojos fijos al frente, esperando que el conde hiciera entrar a su nueva familia para hacer las presentaciones.

Sophie tragó saliva, sin saber dónde tenía que situarse. Todos los demás parecían tener un lugar asignado. Los criados estaban formados según categorías, desde el mayordomo a la más humilde de las fregonas. Incluso los perros estaban sentados sumisamente en un rincón, sus correas sujetas firmemente por el encargado de los perros cazadores.

Pero ella era una desarraigada. Si de verdad fuera la hija de la casa, estaría junto a su institutriz esperando a la nueva condesa. Si de verdad fuera la pupila del conde, estaría en ese lugar también. Pero la señorita Timmons había cogido un fuerte catarro y se negó a salir de la sala de estudio de los niños para bajar. Ninguno de los criados creyó ni por un instante que estuviera enferma de verdad. Había estado muy bien la noche anterior, pero todos comprendían su mentira. Después de todo, Sophie era la hija ilegítima del conde, y nadie habría querido ser la persona que hiciera un insulto a la condesa presentándole a la bastarda de su marido.



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