
Y la condesa tendría que ser ciega o tonta, o las dos cosas, para no darse cuenta al instante de que la niña era algo más que la pupila del conde.
Repentinamente abrumada por la timidez, Sophie fue a ponerse en un rincón, encogida, cuando dos lacayos abrieron las puertas con ademán triunfal. Primero entraron las dos niñas, que se hicieron a un lado para que entrara el conde llevando a la condesa. El conde presentó a la condesa y a sus hijas al mayordomo, y el mayordomo les presentó al resto de los criados.
Y Sophie esperó.
El mayordomo presentó a los lacayos, a la cocinera jefe, al ama de llaves, a los mozos de cuadra.
Y Sophie continuó esperando.
Presentó a las cocineras, a las camareras de la planta superior, a las fregonas.
Y Sophie continuó esperando.
Finalmente el mayordomo, que se llamaba Rumsey, presentó a la más humilde de las criadas, una fregona muy joven llamada Dulcie que había entrado a trabajar ahí sólo hacía una semana. El conde movió la cabeza de arriba abajo, dio las gracias, y Sophie seguía esperando, sin tener la menor idea de qué debía hacer.
Entonces se aclaró la garganta y avanzó un paso, con una nerviosa sonrisa en la cara. No pasaba mucho tiempo con el conde, pero siempre que él visitaba Penwood Park la presentaban a él, y él siempre le dedicaba algunos minutos de su tiempo, para preguntarle cómo le iba en las clases y lecciones, y luego la instaba a volver a la sala de los niños.
Seguro que él seguiría queriendo saber cómo le iba en los estudios, aun cuando se hubiera casado. Seguro que querría saber que ya dominaba la ciencia de multiplicar fracciones y que no hacía mucho la señorita Timmons había declarado que su pronunciación del francés era «perfecta».
Pero él estaba ocupado diciéndoles algo a las hijas de la condesa y no la oyó. Volvió a aclararse la garganta, esta vez más fuerte, y dijo:
