
– ¿Milord? -Notó que la voz le salió más temblorosa que lo que hubiera querido.
El conde se volvió hacia ella.
– Ah, Sophia. No sabía que estabas aquí.
Sophie sonrió de oreja a oreja. No era que él hubiera hecho caso omiso de ella, después de todo.
– ¿Y quién es esta niña? -preguntó la condesa, acercándose más para verla mejor.
– Mi pupila -contestó el conde-. La señorita Sophia Beckett.
La condesa le clavó una mirada evaluadora, y entrecerró los ojos.
Y los entrecerró más.
Y los entrecerró más aún.
– Ya veo -dijo.
Y todos los presentes en el gran vestíbulo comprendieron al instante que sí lo veía.
– Rosamund -dijo la condesa girándose hacia sus dos hijas-. Posy. Venid conmigo.
Las niñas se pusieron inmediatamente al lado de su madre. Sophie se atrevió a sonreírles. La más pequeña le correspondió la sonrisa, pero la mayor, cuyo pelo era del color del oro batido, siguiendo el ejemplo de su madre, levantó la cara apuntando la nariz hacia arriba y firmemente desvió la vista.
Sophie tragó saliva y volvió a sonreír a la niña amistosa, pero esta vez la niña se mordió el labio inferior, indecisa, y bajó la vista hacia el suelo.
Dando la espalda a Sophie, la condesa dijo al conde:
– Supongo que tienes habitaciones preparadas para Rosamund y Posy.
– Sí. Cerca de la sala de los niños. Justo al lado de la de Sophia.
Después de un largo silencio, la condesa debió llegar a la conclusión de que ciertas batallas no han de lucharse delante de los sirvientes, porque se limitó a decir:
– Ahora querría subir a las habitaciones.
Acto seguido se marchó, llevando con ella al conde y a sus hijas. Sophie observó a la familia subir la escalera y, cuando las perdió de vista en el rellano, se giró hacia la señora Gibbons y le preguntó:
– ¿Cree que debería subir a ayudarlas? Podría enseñarles la sala de estudio a las niñas.
La señora Gibbons negó con la cabeza.
