
– Parecían cansadas -mintió-. Seguro que necesitan dormir una siesta.
Sophie frunció el ceño. Le habían dicho que Rosamund tenía once años y Posy diez. Era bastante raro que necesitaran una siesta.
La señora Gibbons le dio unas palmaditas en la espalda.
– Será mejor que vengas conmigo. Me irá bien tener compañía, y la cocinera me dijo que acaba de sacar del horno una buena cantidad de tortas dulces. Creo que todavía están calientes.
Sophie asintió y la siguió. Esa tarde tendría tiempo de sobra para conocer a las dos niñas. Les enseñaría la sala de los niños, se harían amigas y dentro de poco tiempo serían como hermanas.
Sonrió. Sería maravilloso tener hermanas.
Ocurrió que Sophie no se encontró con Rosamund ni con Posy, ni con el conde ni la condesa, si es por eso, hasta el día siguiente. Cuando entró en la sala de los niños para cenar, vio que la mesa estaba puesta para dos personas, no para cuatro, y la señorita Timmons (que se había recuperado milagrosamente de su dolencia) le dijo que Rosamund y Posy estaban tan cansadas por el viaje que no cenarían esa noche.
Pero las niñas tenían que recibir sus clases, de modo que a la mañana siguiente llegaron a la sala arrastrando penosamente los pies detrás de la condesa. Sophie ya llevaba casi una hora trabajando en sus lecciones, y levantó la vista de su deber de aritmética con gran interés. Pero esta vez no sonrió a las niñas; le pareció que era mejor no hacerlo.
– Señorita Timmons -dijo la condesa.
– Milady -respondió la señorita Timmons inclinándose en una venia.
– Ha dicho el conde que usted enseñará a mis hijas.
– Pondré el mayor esmero, milady.
La condesa hizo un gesto hacia la niña mayor, la que tenía el pelo dorado y los ojos color aciano. Sophie pensó que era tan bonita como la muñeca de porcelana que le enviara el conde desde Londres cuando cumplió siete años.
– Ella es Rosamund -dijo la condesa-. Tiene once años. Y ella es Posy -añadió, indicando a la otra niña, que no había apartado los ojos de sus zapatos-. Tiene diez.
