Sophie miró a Posy con gran interés; a diferencia de su madre y de su hermana, tenía el pelo y los ojos muy oscuros, y las mejillas un poco rollizas.

– Sophie también tiene diez años -repuso la señorita Timmons.

La condesa frunció los labios.

– Quiero que lleve a las niñas a hacer un recorrido por la casa y el jardín.

La señorita Timmons asintió.

– Muy bien. Sophie, deja la pizarra. Después podremos volver a la aritmética…

– Sólo a mis hijas -interrumpió la condesa, con voz cálida y fría al mismo tiempo-. Quiero hablar con Sophie a solas.

Sophie tragó saliva y trató de levantar la vista hasta los ojos de la condesa, pero no logró pasar más arriba del mentón. Mientras la señorita Timmons hacía salir de la sala a las niñas, se puso de pie, esperando más órdenes de la nueva esposa de su padre.

– Sé quién eres -le dijo la condesa tan pronto como se cerró la puerta.

– ¿Mii…milady?

– Eres su bastarda, y no intentes negarlo.

Sophie guardó silencio. Ésa era la verdad, claro, pero nunca nadie lo había dicho jamás en voz alta. Al menos no a su cara.

La condesa le cogió el mentón y se lo apretó y tironeó hasta que ella se vio obligada a mirarla a los ojos.

– Escucha -le dijo la condesa en tono amenazador-. Puede que vivas en Penwood Park y que compartas las clases con mis hijas, pero no eres otra cosa que una bastarda y eso serás toda tu vida. No cometas jamás, nunca, el error de pensar que vales tanto como el resto de nosotras.

Sophie dejó escapar un suave gemido. La condesa le tenía enterradas las uñas bajo la barbilla.

– Mi marido -continuó la condesa- siente una especie de equivocada obligación hacia ti. Es admirable que se ocupe de reparar sus errores, pero es un insulto para mí que te tenga en mi casa, te alimente, te vista y te eduque como si fueras su verdadera hija.



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