Sólo llevaba un par de semanas trabajando en aquel restaurante, lo que significaba que todavía estaba en una situación peligrosa. La buena noticia era que el Bella Roma era un restaurante bien dirigido, con unos empleados excelentes y una carta magnífica. Y una noticia mejor todavía era que Bernie, su jefe, era un hombre con el que le encantaba trabajar.

Después de dejar las copas en su sitio, entró en la cocina, donde reinaba un controlado caos. La verdadera actividad no empezaría hasta que abrieran el restaurante veinte minutos después. De momento, se estaban ocupando de todos los preparativos. Penny, su cuñada, y probablemente la mejor chef de Seattle, aunque era preferible no decírselo a Nick, el jefe de cocina del Bella Roma, siempre decía que el éxito o el fracaso de una cocina dependía de cómo se organizaran esos preparativos.

Sobre los quemadores del fogón habían colocado tres cazuelas enormes. El olor a ajo y a salchicha impregnaba el aire. Un cocinero cortaba verdura para las ensaladas mientras otro se ocupaba del embutido de los sándwiches y los entremeses.

– Eh, Dani -la llamó uno de ellos-. Ven a probar esta salsa.

– No es la salsa lo quieres que pruebe -gritó el otro-. Pero es demasiado guapa para ti. Lo que ella quiere es un hombre de verdad, como yo.

– Tú no eres un hombre de verdad. La última vez que vi a tu esposa me lo dijo ella misma.

– Si mi mujer te viera desnudo, se moriría de risa.

Dani sonrió, acostumbrada ya a aquel cruce de insultos. Las cocinas de los restaurantes solían ser lugares ruidosos y caóticos en los que la constante presión obligaba a trabajar siempre en equipo. El hecho de que la mayor parte de los trabajadores fueran hombres era un desafío para las mujeres que se aventuraban en ese mundo. Dani había crecido revoloteando por las cocinas de los restaurantes de la familia Buchanan, de modo que era inmune a cualquier intento de impresionarla. Hizo un gesto de desdén y se acercó a revisar la lista de platos especiales que Nick había añadido al menú del día.



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