– Los paninis seguro que están deliciosos -le dijo al jefe de cocina-. Estoy deseando probarlos.

– Yo tengo algo mejor para ti, preciosa -dijo uno de los cocineros.

Dani ni siquiera se molestó en volverse para ver quién estaba hablando. Agarró un cuchillo de cocina y dijo:

– Y yo tengo un cuchillo que estoy deseando probar.

Se oyó a un par de hombres gimiendo.

Nick sonrió.

– Espero que sepas utilizarlo.

– Sí, sé perfectamente cómo hacerlo.

Aquello mantuvo en silencio a los cocineros durante un buen rato. Dani sabía que siempre y cuando hiciera bien su trabajo y ellos descubrieran que podían confiar en que no haría nada que dificultara su tarea, conseguiría ganarse su respeto. Era consciente de que llevaba tiempo ganarse el respeto de un equipo de cocina y estaba más que dispuesta a esforzarse para conseguirlo.

– ¿Quieres hacer algún cambio en los platos del día? -preguntó Nick con naturalidad.

A Dani le entraron ganas de echarse a reír ante lo absurdo de aquella pregunta, pero mantuvo el semblante inexpresivo. En realidad Nick no quería saber su opinión. Si intentaba dársela, probablemente la sacaría para siempre de aquel lugar. La división del trabajo era muy estricta. El jefe de cocina se encargaba de dirigir aquel espacio, el director general se encargaba de todo lo demás. La autoridad de Dani pasaba a un segundo plano en el instante en el que cruzaba las puertas abatibles de la cocina.

– No -contestó con dulzura-. Me parecen magníficos. Que disfrutes del almuerzo.

Empujó las puertas y se puso a trabajar.

Nick y ella tenían que aprender a trabajar juntos si no querían convertir las horas de trabajo en una pesadilla. Al ser ella la nueva, le correspondía demostrar su valía, cosa que estaba felizmente dispuesta a hacer.



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