
Una de las ventajas de tener un trabajo nuevo era que la ayudaba a concentrarse. Después del encuentro con Mark Canfield, no había sido capaz de pensar en otra cosa hasta que había cruzado las puertas del restaurante. Alex Canfield parecía haberse apropiado de ella; había invadido por completo su cerebro. Intentaba decirse que era un hombre carente por completo de atractivo y con el que no merecía la pena perder el tiempo, pero sabía que se estaba mintiendo. Había algo en Alex que le llamaba poderosamente la atención. El hecho de que fuera hijo adoptado de su padre biológico añadía un nivel de confusión a aquella situación que le indicaba que tenía que huir inmediatamente de aquel hombre. Y, teniendo en cuenta los avatares de su vida amorosa durante el último año, era un consejo que debería seguir a rajatabla.
Cruzó el comedor del restaurante para dirigirse a su despacho. De camino hacia allí, pasó por la bodega, donde hizo un rápido inventario. El número de botellas coincidía con el de la lista del ordenador.
– Excelente -musitó mientras se acercaba al vestíbulo.
Hasta el momento, trabajar en el Bella Roma estaba siendo un sueño. No había nada que quisiera…
– ¿Dani?
Dani se volvió y vio a su hermano Walker. Le sonrió de oreja a oreja.
– ¿Has venido para ver cómo me iban las cosas? -le preguntó Dani mientras él la abrazaba y le daba un beso en la frente.
– Eso te gustaría a ti.
Walker, un ex marine, se había hecho cargo recientemente del imperio Buchanan. Era él el que dirigía la corporación que agrupaba los cuatro restaurantes de la familia. Había asumido el liderazgo de la empresa cuando Gloria, la gran matriarca de la familia, además de la abuela de Dani y de sus tres hermanos, había sufrido un ataque al corazón y se había roto la cadera. A las pocas semanas de haber ocupado aquel cargo, Walker había descubierto que aquélla era su verdadera vocación.
