
Mark le tomó la mano y le dijo:
– Vamos, tenemos que hablar.
– ¿No quieres saludar a los niños?
– Eso lo dejo para después. Ahora quiero hablar contigo.
Mark era un hombre típicamente masculino. A pesar de que era capaz de hablar con un donante durante más de dos horas sin sudar una gota, cada vez que ella sugería que tenían que hablar, encontraba otras mil cosas que hacer, de modo que aquel cambio de actitud extrañó a Katherine. ¿De qué querría hablar? Se estremeció ligeramente.
Se dirigieron a su despacho. Mark cerró la puerta tras ellos y la condujo hasta el sofá. Su expresión era extraña. ¿Estaría enfadado por algo? No, no lo parecía. Parecía más bien resignado. ¿Pero por qué? El miedo comenzó a abrirse paso en el interior de Katherine.
¿Querría dejarla?
Su cerebro le dijo que, incluso en el caso de que Mark estuviera desesperado por separarse de ella, divorciarse de su esposa cuando estaba planteándose la posibilidad de iniciar la carrera hacia la presidencia no era una buena idea. Su corazón le susurraba que su marido la amaba. Últimamente había estado particularmente ocupado, pero era algo que ella ya esperaba. Tenía que dejar de preocuparse por nada. Aun así, las manos le temblaban cuando las cruzó en el regazo y alzó la mirada hacia él.
– ¿Qué pasa? -le preguntó.
Imaginaba que, por fuera, parecía completamente serena y controlada. Que era ésa la imagen que Mark contemplaría. La única que ella quería que viera.
– Hoy ha venido a verme una joven -le dijo Mark-. Bueno, a lo mejor no era tan joven. Tiene veintiocho años. Supongo que, si la considero joven, es porque cada vez soy más viejo. ¿Todavía tienes algún interés en continuar casada con un vejestorio? Al fin y al cabo, tú eres la más atractiva de los dos.
Hablaba con ligereza, sonriendo y sosteniéndole la mirada. Aquella actitud debería haberle relajado, pero no lo hizo. La verdad era que Katherine estaba aterrada, aunque no era capaz de decir por qué.
