
Alex llegó muy temprano a casa de sus padres. Había pensado en llamar a su madre por teléfono, pero al final había decidido que era mejor hablar con ella personalmente. Su padre podía pensar que se tomaría perfectamente la noticia de la aparición de Dani Buchanan, pero él no estaba tan seguro.
Pero antes de que hubiera podido dirigirse hacia las escaleras, vio salir a Fiona del estudio de su madre.
– Hola, Alex.
Alex recordó entonces un documental sobre las arañas. Fiona le recordaba a la viuda negra, una araña capaz de esperar pacientemente el momento de devorar a su pareja.
– No sabía que estabas aquí -dijo él.
– ¿Quieres decir que no habrías venido si hubieras sabido que iba a estar aquí? -preguntó Fiona con los ojos brillantes por la emoción-. ¿Tanto me odias?
– No te odio en absoluto.
Si la odiara, eso significaría que sentía algo por ella. Pero no era así. Por supuesto, no podía dejar de reconocer su gran belleza, pero ya no sentía nada por su ex mujer.
En un mundo perfecto, Fiona habría desaparecido de su vida inmediatamente después de su divorcio. Desgraciadamente, Alex tenía la impresión de que no le iba a resultar fácil dejar de verla.
– Vaya, la Princesa de Hielo.
Alex se volvió y vio a su hermano Ian rodando hacia ellos en su silla de ruedas. Alex sonrió y avanzó hacia él. Se inclinó ligeramente para saludarle con el complicado ritual con el que siempre lo hacían. Por supuesto, era Alex el que se encargaba de chocar las manos y hacer los correspondientes giros. Le resultaba más fácil que a Ian, cuya parálisis cerebral limitaba su movilidad. Pero las carencias físicas de su hermano estaban más que compensadas por su inteligencia y su creatividad.
– Siempre está por aquí -le dijo Ian a Alex-. Creo que siente algo por mí.
Fiona se estremeció visiblemente mientras observaba el cuerpo minúsculo y retorcido de Ian en su silla de ruedas
