
– No seas tan desagradable -le espetó.
Ian arqueó las cejas.
– Pero después de lo de anoche… ¿Tú que crees, Alex? Al fin y al cabo, tú eres el experto en excitar a Fiona.
Alex miró fijamente a su ex esposa.
– No tanto como puedes creerte.
Fiona parecía estar debatiéndose entre la furia y la necesidad de pedir clemencia.
– Alex, no puedes dejar que me hable así.
– ¿Por qué no? Ian siempre ha tenido un gran sentido del humor.
– Algo que tú eres incapaz de comprender -le dijo Ian a Fiona-. El humor no va contigo -giró la silla de ruedas para marcharse-. Adiós, cariño -gritó volviendo la cabeza.
Fiona dejó escapar un suspiro.
– Jamás he comprendido a ese chico.
– Nunca lo has intentado.
Alex había tardado mucho tiempo en averiguar lo que Fiona sentía por Ian, pero al final había comprendido que la que en otro tiempo había sido su mujer era incapaz de mirarle siquiera. Era como si cualquier cosa que se desviara de la normalidad la repugnara. Y aquélla era una de las muchas razones por las que había decidido separarse de ella.
– Alex, no quiero que discutamos.
Alex se acercó al mueble bar y lo abrió. Después de servirse un whisky, se volvió hacia Fiona.
– Y no estoy discutiendo.
– Ya sabes a lo que me refiero -se acercó a él y poso la mano en su pecho-. Te echo mucho de menos. Dime qué es lo que puedo hacer o decir para que me perdones. Sólo fue un error. ¿De verdad eres tan duro? ¿De verdad te cuesta tanto perdonarme?
– Soy el rey de los bastardos -respondió Mark dando un sorbo a su bebida-. Literalmente.
Fiona tomó aire, como si estuviera decidida a ignorar su provocación.
– Alex, estoy hablando en serio. Soy tu esposa.
– Eras mi esposa.
– Pero quiero serlo otra vez.
Alex la recorrió de arriba abajo con la mirada. Aparentemente, Fiona era todo lo que un hombre podía desear: guapa, inteligente y divertida. Podía hablar con cualquiera sobre cualquier cosa. De hecho, prácticamente todos sus amigos se preguntaban cómo era posible que hubiera dejado escapar a una mujer así.
