Alex ni siquiera sonrió. ¿Sería porque no tenía ningún sentido del humor o porque no la encontraba graciosa en absoluto? Dani pensó en la posibilidad de preguntárselo, pero decidió no hacerlo. Era preferible evitar situaciones que pudieran aumentar sus nervios. No tenía por qué tentar a la suerte.

Alex continuó mirándola fijamente durante varios segundos. Ella le sonrió.

– Creo que ahora tendrías que invitarme a entrar.

– Pero no quiero hacerlo.

– Seguro que al final termino cayéndote bien.

– Lo dudo.

– Soy una buena persona.

Aunque no parecía muy convencido, al final Alex retrocedió y le permitió acceder al vestíbulo.

La casa era enorme, pero al menos por lo que desde allí se veía, también acogedora. Era la clase de vivienda diseñada para conseguir que la gente se sintiera cómoda en su interior. Era una pena que aquella decoración no estuviera teniendo ningún efecto en ella en aquel momento.

Se volvió hacia Alex, pero antes de que hubiera podido decir nada, entró un adolescente en silla de ruedas en el vestíbulo. Era un chico pálido y delgado, de ojos y pelo oscuros. Con la mano derecha controlaba el mando de la silla de ruedas mientras la izquierda permanecía doblada en su regazo.

– ¿Eres la stripper que he encargado? -le preguntó a Dani al verla-. Llevo una hora esperándote. Esperaba un mejor servicio de tu empresa.

Dani inclinó ligeramente la cabeza mientras intentaba averiguar la mejor manera de manejar aquella pregunta. Al final, se decidió por la verdad.

– En realidad, no tengo cuerpo de stripper -dijo con una sonrisa-. Soy demasiado baja. Siempre me las he imaginado muy altas y con esos enormes tocados de plumas como los que llevan las coristas de Las Vegas.



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