– ¿Estás dispuesta a enfrentarte a mí? -preguntó Alex, evidentemente impresionado por su carácter.

– Cuando haga falta.

– ¿Y crees que tienes alguna posibilidad de ganar?

– Absolutamente.

Alex no pudo evitar una sonrisa.

– Ya veremos.

Genial. Ella estaba furiosa y él encontraba la situación divertida. Fuera atractivo o no, Dani estaba comenzando a pensar que podría llegar a odiar realmente a ese hombre.

Alex hizo entonces un gesto para invitarla a entrar al salón. Al pasar por delante de él, Dani le mostró su bolso.

– He traído un bolso pequeño para no tener que pasar la vergüenza de que me lo registres antes de marcharme. De esta manera me resultará mucho más difícil robar la cubertería de la familia.

– No sé si habrías pasado ninguna vergüenza.

– Realmente, eres un abogado.

– ¿Y qué se supone que significa eso?

– Que no tienes miedo de decir lo que piensas, que no te importa insultarme y que estás decidido a tratarme como si fuera tan insignificante como una hormiga. Hace falta mucho entrenamiento para una cosa así.

– O, sencillamente, la motivación adecuada.

La habitación estaba decorada en tonos tierra y con un mobiliario elegante y obviamente caro. Los cuadros de las paredes parecían auténticos y las alfombras eran tan gruesas que se podría dormir sobre ellas, pero había juguetes desparramados por todo el salón. Evidentemente, no era una habitación para enseñar, sino una habitación en la que la gente vivía, y a Dani eso le gustó.

Se volvió y vio entonces que en el sofá estaba sentada una mujer con una bata blanca. La mujer se levantó y caminó inmediatamente hacia ellos.

– Cuando usted quiera -dijo.

¿Cuando quisiera qué? Ah, claro.



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