– ¿La prueba de ADN? Desde luego, no has perdido el tiempo.

– ¿Preferirías que lo hubiera perdido? -preguntó Alex.

En vez de contestar, Dani se volvió hacia la mujer.

– Tómeme la muestra.

Abrió la boca y la técnica del laboratorio metió en ella un palito con un algodón. Segundos después, se dirigió hacia la puerta. Dani la siguió con la mirada.

– A ver si lo adivino -le dijo a Alex-. Has pagado un dinero extra para que el procedimiento sea más rápido de lo habitual.

– Me ha parecido lo más inteligente.

Dani estaba agotada por el torbellino de emociones al que había estado sometida durante todo el día. La situación ya era suficientemente estresante sin necesidad de tener que enfrentarse a Alex.

– Quiero saber la verdad -le dijo-, nada más. Si Mark Canfield no es mi padre, entonces desapareceré y fingiremos que nada de esto ha pasado.

Alex no parecía muy convencido.

– Podrías no haber aparecido nunca.

– Quiero conocer a mi padre. Y supongo que hasta tú eres suficientemente humano como para comprenderlo.

– Ya te lo he dicho antes, creo que has aparecido en un momento especialmente inoportuno.

– Yo acabo de enterarme de que puede ser mi padre. Lo único que quiero averiguar es cuál es mi familia.

Alex no dijo «ésta no», pero el eco de aquellas palabras no dichas quedó flotando en la habitación. Aun así, le indicó con un gesto que se sentara.

– ¿No quieres tomar nada?

– No, gracias -por culpa de los nervios, llevaba todo el día con el estómago revuelto.

– No les diremos nada a los niños hasta que no tengamos el resultado. Así que tendrás que esperar varios días antes de proclamar tu victoria.

Dani, que estaba a punto de sentarse, se enderezó.

– Maldita sea, Alex. Ya está bien. No sé por qué me tratas tan mal. No he cometido ningún crimen. Desde el primer momento, he sido sincera con vosotros. El hecho de que tú no quieras creerme no cambia la verdad. Si no quieres que tengamos problemas, tendrás que cambiar de actitud.



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