Alex se cruzó de brazos.

– Ya tenemos problemas. No confío en ti y nada de lo que digas o hagas podrá hacerme cambiar de opinión.

Dani le miró con los ojos entrecerrados. Parte de ella respetaba su firme determinación, su necesidad de proteger lo que era suyo. Pero otra parte habría hecho cualquier cosa en aquel momento para machacarle.

– En ese caso, intentaré decírtelo de otra manera. ¿Qué tal si me dejas acercarme un poco a la familia antes de arrancarme la cabeza?

No sabía si Alex iba a aceptar aquel ofrecimiento. Se descubrió a sí misma esperando que lo hiciera y no sólo porque quizá fuera hija de su padre. Había algo que le hacía desear gustarle a Alex. Una sensación peligrosa, pensó, teniendo en cuenta su historial sentimental y la posibilidad de que tuviera una relación familiar con Alex.

– ¿Cuánto quieres acercarte? -preguntó por fin.

– Digamos que lo suficiente como para ver sin tener necesidad de tocar.

– Pensaré en ello.

Teniendo en cuenta cuál había sido hasta entonces su actitud, era una gran concesión. Quizá, después de todo, no fuera Terminator. A lo mejor hasta era posible razonar con él. Aunque Dani tenía la sensación de que, si se cruzaba en su camino, Dani sería capaz de arrancarle el corazón sin pensárselo dos veces.

Se hizo el silencio. Un silencio embarazoso que le hacía desear salir huyendo de allí. Sabía que la estaba poniendo a prueba, que el primero en hablar perdería en aquel juego, pero era incapaz de continuar allí sentada sin decir nada.

– La casa es preciosa. Me encanta porque parece hecha para disfrutarla.

– Mi madre tiene un gusto excelente -miró el reloj-. El senador no tardará en bajar.

Dani se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

– Antes, en las oficinas de la campaña, también has llamado así a tu padre. Te refieres a él como «el senador», no le llamas «Mark» o «mi padre».



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