– Si así lo deseáis…

– ¡Sí! -dijo bruscamente Morwenna.

El cazador partió sin demora e Isa, a su vez, se alejó a toda prisa, presumiblemente a cumplir las órdenes de Morwenna. Su larga capa ondeó tras de ella hasta llegar a la escalera donde, echó una mirada por encima del hombro a Morwenna, frunció el viejo rostro en un gesto de preocupación y desapareció. Parecía que quería seguir discutiendo pero descendió de mala gana.

– Por todos los santos -susurró Morwenna una vez que estuvo sola de nuevo.

A veces Isa parecía más preocupada de lo que merecía. La vieja mujer, considerada una persona extravagante por todos los que la conocían, había criado a Morwenna y a sus hermanos y había sido una leal sirvienta de la madre de Morwenna, Lenore, hasta el final de su vida, y ahora continuaba siendo incondicionalmente fiel a Morwenna.

– Rayos y centellas -refunfuñó Morwenna volviendo al interior de la habitación.

Se embutió un manto y ocupó de nuevo su puesto.

Apenas había salido de sus aposentos, con Mort detrás pisándole los talones, cuando una puerta crujió al abrirse y Bryanna asomó la cabeza hacia el vestíbulo. El sueño persistía en sus ojos azules y los rizos formaban una masa enredada pelirroja y oscura alrededor de la cabeza.

– ¿Qué pasa? -le preguntó su hermana entre bostezos.

Aunque tenía dieciséis años y era sólo cuatro años más joven que Morwenna, la doncella a menudo tenía todo el aspecto de una niña.

– Han encontrado a un hombre herido cerca de la torre. No es nada -dijo Morwenna, con la esperanza de frenar la marea de curiosidad, siempre frenética, de Bryanna-. Vuelve a la cama.

Pero no resultaba tan fácil disuadir a Bryanna.

– Entonces, ¿a qué se debe todo este barullo?

– Es culpa de Isa. Está convencida de que el hombre es un espía, un enemigo o algo así. -Morwenna puso los ojos en blanco-. Ya sabes cómo es.

– Sí -Bryanna estiró un brazo por encima de la cabeza, parecía que el sueño se había evaporado de su mente-. ¿Y qué van a hacer con él?



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