Isa juró que la mujer había sido envenenada, y cuando ya todo estaba dicho y hecho, se demostró que el marido había obligado a la pobre mujer a beber cicuta al descubrir que se acostaba con el molinero. Durante la mayor parte de sus sesenta y siete años, Isa había visto cosas que los otros no podían.

– Muy bien -dijo Morwenna-. Comprueba que el hombre sea trasladado al gran salón, para que entre en calor, y que tenga a alguien al lado… Gladdys, abre la celda del ermitaño de la torre norte. Allí cabe un camastro y dispone de chimenea. Enciende el fuego para ahuyentar los bichos de la habitación. Asegúrate de que limpien las heridas al hombre y que el médico lo examine, y después que sea trasladado.

Morwenna fingió no percibir la sombra de desconfianza que nubló los ojos claros de Isa al mencionar a Nygyll, el médico del castillo. Isa y Nygyll nunca se habían llevado bien, a duras penas se soportaban.

Nygyll se consideraba un hombre de razón, un hombre práctico si bien temeroso de Dios, mientras que Isa creía en los espíritus y en la diosa madre. Nygyll llevaba viviendo en el castillo de Calon muchos años, mientras que de su traslado hacía menos de uno.

– Puede que sea tarde para salvarlo -recordó Isa.

– Entonces envía a alguien a por el sacerdote.

Notó otra tirantez apenas perceptible en las comisuras de los labios de Isa.

– El sacerdote no resultará de ayuda.

– ¿No dijiste que el hombre se hallaba entre la vida y la muerte? -Le recordó Morwenna-. Tal vez sea un hombre de fe. ¿Acaso no debería recibir la bendición y las plegarias de un sacerdote si está al borde de la muerte? -Morwenna no esperó la respuesta-. Manda a alguien a buscar al padre Daniel. Dile al sacerdote que se reúna con nosotros en el gran salón.



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