– ¿Tú qué piensas?

– Le interrogarán y le darán algo de comer. Tal vez le aseen un poco.

Morwenna asintió y se reservó la noticia de que estaba a punto de fallecer. ¿Para qué iba a explicar nada a Bryanna sobre su estado? Morwenna decidió que, hasta que no viera a ese hombre, mantendría los labios sellados. Sin embargo, los rumores sobre el guerrero herido viajarían tan rápido como un relámpago a través de la torre y Bryanna no se distinguía precisamente por saber guardar un secreto.

– ¿Qué es ese hombre? ¿Un cazador? ¿Un soldado? ¿Un comerciante atacado por unos vándalos? -La imaginación de Bryanna comenzó a volar-. Tal vez Isa tenga razón. Quizá sea un espía, o peor: un cómplice de…

– ¡Basta! -Morwenna levantó su mano y se alejó de su hermana-. No sé ni quién ni qué es todavía pero, tan pronto como pueda, hablaré con él.

– ¡Te acompañaré!

Morwenna le lanzó una mirada capaz de intimidar al más valiente de los hombres.

– Más tarde.

– Pero…

– Bryanna, deja que el capitán de la guardia interrogue al hombre, que determine si se trata de un amigo o de un enemigo, permite que el médico lo examine y que descanse un poco, y después, si despierta y yo considero que es conveniente, podrás verle.

Su hermana menor la desafió con los ojos brillantes de entusiasmo.

– ¿Crees que es peligroso?

– No lo sé -dijo Morwenna.

Al cabo se dio cuenta de que había empleado una táctica equivocada, que no había hecho más que abrir el apetito de Bryanna por la aventura.

Morwenna tiñó de exasperación sus concisas palabras:

– Esperaremos. Eso es todo.

– Pero…

– ¡He dicho que eso es todo!

– ¡Tú no puedes decirme lo que tengo que hacer!

Morwenna enarcó una ceja oscura y retó a su hermana sin pronunciar una palabra.

– No tengo tiempo para esto.



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