
Se dio la vuelta rápidamente y atravesó el vestíbulo, mientras su hermana menor ponía cara de descontento y se apoyaba contra el marco de la puerta de su habitación. Morwenna sintió la rebeldía de Bryanna tras ella, pero la ignoró. Dejó que su inquisitiva hermana probara de su propia medicina. ¿Y qué si estaba enfadada? Bryanna siempre se metía en problemas.
«Como tú», le recordó su conciencia.
¡Rayos y centellas!
Oyó voces que procedían de la escalera y descendió por ellas. El humo de las velas recién encendidas invadió su olfato junto al aroma a carne asada y a pan horneado que se desprendía de la cocina y que se filtraba a través del laberinto de vestíbulos de la torre. Los criados se afanaban de una estancia a otra, recogiendo la ropa sucia, limpiando las chimeneas, barriendo la escalera. Habían repuesto las velas y las habían encendido, lo que procuraba un poco de luz cálida en medio de ese frío día de invierno.
Morwenna alcanzó el primer piso, atravesó el gran salón y encontró la puerta principal abierta de par en par. Varios soldados acarreaban una camilla donde yacía inmóvil un hombre o lo que quedaba de él.
A Morwenna se le cortó la respiración al verlo. A pesar de que la habían advertido que iba a resultar difícil mirarle, no entendió la ferocidad con que le habían atacado. Tenía la cara hecha polvo, hinchada y llena de magulladuras, postillas en las salvajes incisiones que le cruzaban la mejilla y la frente. La suciedad y las hojas se adherían a sus cabellos, negros como la obsidiana, y los ojos eran meras hendiduras interrumpidas por unos párpados hinchados que presentaban unas sombras oscilantes entre el púrpura y el verdusco.
Las vestimentas que llevaba estaban apelmazadas con tierra y sangre y la túnica se hallaba rajada de punta a punta, hasta el extremo de que le dejaba al descubierto el pecho y los cortes recientes llenos de sangre, en carne viva.
Morwenna notó que el estómago se le revolvía.
