
– ¡Dios mío!
Una voz horrorizada susurró a sus espaldas:
– ¿Todavía está vivo?
A Morwenna le dio un vuelco el corazón. Se dio la vuelta y vio a su hermana de pie, en la escalera, entre el primero y el segundo piso.
Bryanna se había ataviado con una túnica de color cobre sobre el vestido, pero no se había molestado en calzarse. De pie, con los pies desnudos, sintió escalofríos y se quedó boquiabierta ante la escena que sucedía abajo en el gran salón. Se llevó una mano a la boca, sus ojos se abrían como platos, tenía piel tan blanca como la porcelana.
– ¡Por supuesto que está vivo! -dijo Morwenna.
– Apenas -masculló un soldado entre dientes-. Pobre bastardo.
La cara de Bryanna se crispó.
– Tiene un aspecto horrible. Parece muerto.
Morwenna la reprendió sin miramientos.
– ¿No te dije que volvieras a la cama? Vete de aquí.
Una vez satisfizo su curiosidad morbosa con la truculenta escena, Bryanna se santiguó y luego echó a correr descalza escalera arriba como si el mismo diablo la persiguiera.
¡Bien! Morwenna no estaba de humor para hacer frente al histrionismo de Bryanna mientras intentaba poner calma entre todos.
El gran salón, donde había reinado el silencio por el sueño hacía muy poco, ahora era un hormiguero de actividad. Los perros del castillo también estaban inquietos, la vieja perra daba vueltas, gruñía, y Mort vio la oportunidad de vencer a la bestia y robarle su rincón al lado del fuego.
Los criados se apresuraban con toallas frescas y cazos que despedían vapor de agua. Otros sirvientes encendían velas y dirigían miradas de preocupación al herido. Se colocó una cubierta de protección sobre una mesa cerca del fuego, que dos muchachos alimentaban afanosamente con madera y bombeaban con un fuelle.
El hombre que yacía en la camilla gimió aunque apenas parpadeó cuando le trasladaron a la mesa. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué le habían atacado de una manera tan feroz? Susurró algo, una palabra, aunque confusa.
