
– ¿Qué está pasando aquí?
Alfrydd, el administrador, entró con aire resuelto en la habitación. Era un hombre esmirriado cuya túnica siempre le colgaba de la escuálida espalda de una manera extraña. Su voz tenía una calidad de graznido nasal y era un aprensivo que a veces incluso dejaba a Isa en evidencia, pero era leal y sincero, un corazón valiente atrapado en un cuerpo esquelético.
– Oh, milady -añadió enseguida al ver a Morwenna-. Disculpadme, pero oí que habían traído a un prisionero aquí, en lugar de a la mazmorra, y dudo que sea una decisión acertada.
– La he tomado yo -dijo Morwenna, haciendo una señal hacia el herido-, y no es un prisionero.
De nuevo, el herido trató de susurrar algo, pero era ininteligible.
Alfrydd asintió, como si estuviera de acuerdo, pero no pudo ocultar su conmoción cuando sus ojos aterrizaron en el pedazo de carne humana sanguinolenta que yacía sobre la mesa.
– ¿Han llamado al sacerdote?
– Sí, y al médico -dijo ella, y añadió con impaciencia-: ¿Dónde demonios está Nygyll?
El médico entró de sopetón, como si hubiera estado esperando oír su nombre para hacer acto de presencia, y trajo consigo la fragancia a lluvia fresca y una fuerte ráfaga de viento que presagiaba nieve. Un hombre alto, que caminaba con paso ligero y aire arrogante, caminó con determinación hacia la mesa donde estaba tendido el herido. Isa le seguía de cerca, a dos pasos de él.
– Isa me aseguró que había una emergencia -dijo-. Ah…, ya veo. ¿Quién es?
Morwenna movió la cabeza.
– No lo sabemos.
¿Un amigo o un enemigo?
Nygyll cortó lo que quedaba de la túnica del hombre y se inclinó hacia él para escuchar la respiración áspera.
– Las ropas son las de un hombre pobre.
«Con todo, es sospechoso de ser un espía. Qué extraño…»
– ¿Dónde está el agua caliente? -exigió el médico.
