
Una criada colocó una olla sobre la mesa más cercana y otra ponía una pila de toallas cerca del agua caliente.
– Necesitaré un triturado de milenrama. -Sus ojos se entrecerraron y ordenó a la primera-: Envíe a alguien al boticario.
– Enseguida -dijo, y se alejó velozmente ondeando la falda.
Nygyll se puso a limpiar las heridas con cuidado, primero enfrentándose a las que parecían poner en riesgo su vida. Otra vez se abrió la puerta principal, y esta vez dos hombres, que hablaban en voz baja, entraron al mismo tiempo que se colaba una ráfaga de viento invernal penetrante.
Alexander, el capitán de la guardia, un hombre musculoso, de pelo rizado color castaño, mandíbula cuadrada y ojos tan marrones como una cibelina, inclinaba la cabeza hacia abajo y hablaba con el padre Daniel, el sacerdote de la torre, que tenía un aspecto tan débil como robusto era el del soldado. Independientemente de cuál fuera la estación, el sacerdote siempre estaba pálido, con la piel casi traslúcida, los ojos de un azul frío, los cabellos rojizos espesos e hirsutos, y la expresión adusta. Era un clérigo que parecía tomarse la carga de ser el mensajero de Dios como un trabajo arduo e insoportable. Sus ojos toparon con los de Morwenna un instante, después los apartó rápidamente.
Antes de que la puerta se hubiera cerrado, Dwynn el tonto se deslizó en el interior. Era un hombre de veintitantos años pero que nació con una mente que nunca dejaría de ser como la de un niño. Atrajo la atención de Morwenna pero la esquivó situándose detrás del sacerdote, fuera de su campo de visión directo. Morwenna no entendía el miedo que suscitaba en él, ya que había tratado de mostrarse amable, pero daba la impresión de querer evitarla siempre, lo cual ya le parecía bien teniendo en cuenta el humor de perros que tenía esa mañana.
Isa, mirando cómo el médico se ocupaba de las heridas del hombre, se acercó furtivamente a Morwenna.
