– No podremos llevarlo -dijo, señalando con su barbilla huesuda al herido- a menos no hasta la celda del ermitaño de la torre norte, porque el suelo está podrido. Y la celda de la torre sur está ocupada por el hermano Tomás, así que sólo quedan la mazmorra, el hoyo o…

– ¿El hoyo del puente levadizo? ¿La mazmorra? -preguntó Morwenna, sacudiendo la cabeza con energía-. No, Isa. No trataremos a este hombre como si fuera un enemigo. Lo instalaremos arriba, en la cámara de Tadd, con un guardia en la puerta para estar más seguros. No hay ninguna razón para suponer que este… hombre, a las puertas de la muerte como está, nos quiera hacer daño.

Observó los ojos preocupados de la vieja mujer y se dio cuenta de que Dwynn, siempre a su lado, jugueteaba con el dobladillo desigual de su manga. ¿Qué fragmento de la conversación habría sido capaz de entender? Aunque todo el mundo dijera que era tonto o que no tenía dos dedos de frente, Morwenna a menudo se preguntaba si esa apariencia de inteligencia embotada no formaba parte de un ardid.

– Ven, dejemos a Nygyll espacio para trabajar -dijo, empujando a Isa a una antecámara que había debajo de la escalera-. ¿Por qué sir Alexander cree que el hombre es un espía?

– No lo sé -susurró Isa.

– Pero tú lo crees.

– No es exactamente así, milady -puntualizó Isa, bajando el volumen de la voz y evitando el contacto con la mirada de Morwenna.

– Entonces, qué… Oh, por los dioses, no me digas que se trata de una de tus visiones otra vez.

Isa apretó los labios delgados y entrecerró los ojos.

– No os burléis de mí, niña -le dijo, cambiando el papel de amable sirvienta por el de nodriza que la había criado-. Las cosas que he visto han demostrado ser ciertas y lo sabéis bien.

– A veces.

– La mayoría de las veces. ¿Os habéis fijado en el anillo?

Los ojos de la anciana se tornaron de un color oscuro.

– ¿Qué anillo? -preguntó Morwenna mientras la embargaba una sensación de temor creciente.



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