
– El anillo de oro que lleva el herido. Es un anillo con un emblema. El emblema de Wybren.
El corazón de Morwenna pareció irse a detener en cualquier momento. Los muros del castillo se cernieron sobre ella.
– ¿Qué estás diciendo, Isa?
La mirada de la vieja mujer era afilada, las arrugas alrededor de los labios parecían más pronunciadas.
– Ese hombre que yace convaleciente, con el alma entre los dientes, en el gran salón, puede ser Carrick de Wybren, y el anillo que lleva está maldito.
– ¿Maldito? ¿Carrick? Por Dios, Isa, ¿te has vuelto loca? -preguntó Morwenna.
Como si su nombre fuera lo que hubiera escuchado, el hombre gritó de dolor y luego susurró, inmerso en el delirio: «Alena». Morwenna se quedó helada. No… No podía ser. Pero la voz áspera otra vez murmuró presa de la desesperación: «Alena…».
El corazón de Morwenna se derrumbó cuando oyó el nombre de la mujer que se había convertido en la amante de Carrick, la mujer de su propio hermano. Alena de Heath, la hermana menor de Ryden de Heath, el hombre a quien Morwenna estaba prometida en matrimonio. Oh, Dios. Se sintió mal en su interior y le pareció que las miradas de todos cuantos atendían al herido se clavaban en ella.
– Lo sabía -susurró Isa, pero no había rastro de triunfo en su voz. Apretó los labios y trasladó la mirada del herido a Morwenna-. Creo que este hombre es, en verdad, Carrick de Wybren -dijo suavemente mientras daba vueltas con sus viejos dedos a la piedra que colgaba de la cadena que llevaba al cuello-, y si es el maldito traidor, el asesino, que la gran Madre nos asista.
Capítulo 2
– No puede ser -dijo Morwenna. Se sentía mareada y se regañó por la debilidad que había mostrado al oír el grito desesperado del herido llamando a Alena resonó en su cabeza-. Carrick… Carrick está muerto, como los demás. -De repente sintió frío y se frotó los brazos mientras repetía lo que pensaba-: Él y su familia murieron en el incendio.
