«Como su amante, Alena».

Isa sacudió la cabeza y dejó traslucir preocupación.

– Se rumoreó que había conseguido escapar. Un mozo de cuadra afirmó que había visto a Carrick alejarse sobre su corcel favorito al poco de que se declarara el incendio.

– Un cotilleo infundado -insistió Morwenna, aunque su confianza estaba desvaneciéndose.

– Restos carbonizados. Sólo se le identificó por las prendas de ropa y las joyas que no quedaron destruidas. Todo lo que dejaron los miembros de su familia fueron unos cadáveres ennegrecidos, poca cosa más que un montón de huesos.

– Tú no estabas allí.

El estómago de Morwenna se revolvió ante el cuadro que Isa pintaba. Su cabeza palpitaba, el pulso le tronaba en los oídos. «¿Podía ser cierto? ¿Acaso Carrick había sobrevivido y ahora yacía medio muerto en su torre?» No, no iba a dar crédito a esas tonterías. No eran más que los miedos más profundos de una anciana.

Isa espiró despacio, como si percibiera la incredulidad de Morwenna.

– Vedlo con vuestros ojos, milady.

Morwenna así lo hizo. Sin esperar a Isa, se apresuró al gran salón, donde la multitud se congregaba alrededor del herido. El criado regresó con un triturado de milenrama y Nygyll aplicó con cuidado la hierba medicinal sobre las heridas del paciente. El sacerdote agitaba sus manos y murmuraba plegarias sobre el cuerpo molido del desconocido, que ahora era del todo visible, puesto que le habían despojado de las ropas andrajosas y empapadas de sangre. El pecho estaba desnudo, los pelos negros se arremolinaban sobre los músculos planos y gruesos, lacios, y desaparecían bajo la sábana que le cubría la parte inferior del cuerpo. Unas marcas oscuras, contusiones y unas incisiones desagradables cubrían la piel tensa del torso, los hombros y los brazos.

– ¿Vivirá? -preguntó Morwenna.



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