
«Primero, el barón -pensó-, y luego los demás».
Trabajaba con apremio, mientras rezaba en voz baja y encendía todos los pabilos que se encontraban dispuestos a lo largo del pasillo, uno detrás de otro. El corazón le latía salvajemente, el sudor y el miedo le recorrían la espalda. Si le cogían, sería encarcelado, juzgado sumariamente como traidor y después colgado hasta retorcerse por las convulsiones en el umbral de la muerte. Antes de exhalar el último suspiro, su cuerpo sería destripado y descuartizado, las entrañas desparramadas aún con vida, su cabeza sería ensartada en una pica y se expondría por encima de los muros, para servir de ejemplo a todo aquel que pudiera considerar llevar a cabo ese tipo de traición.
«No debes temer. Tu causa es justa. Eres El Redentor».
El humo comenzaba a llenar el pasillo y a filtrarse sigilosamente por debajo de las puertas.
Templó los nervios. Ya estaba hecho. El resto estaba en manos de Dios o en las del diablo. No sabía en cuáles de los dos ni le importaba. Pues la voz que le había empujado a actuar de ese modo había surgido de su fuero interno, la obstinada insistencia procedía de una parte recóndita de su propio deseo, las palabras solo amplificaban lo que él anhelaba tan desesperadamente. Y, sin embargo, las escuchó con tanta claridad como si alguien se las hubiera susurrado al oído. Se decía para sus adentros que esas palabras le llegaban porque Dios quería venganza. Él no era más que su siervo… salvo que no fuera Dios quien le hubiera hablado tan íntimamente.
