
Alexander había alcanzado una anguila pero se detuvo, la mano se mantuvo inmóvil sobre la fuente.
– Es posible.
– Pero no probable. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Por qué iba a matar a su familia y después desaparecer?
– No lo sé. Quizá les guardara rencor.
– ¿A toda la familia? Siete personas perdieron la vida. Siete -recordó al capitán de la guardia y a sí misma-. Sir Carrick logró escapar del fuego de alguna manera, o al menos eso parece… Pero no hay ninguna evidencia de que fuera él quien provocara el incendio.
Dicho esto, terminó la copa de vino y se limpió los labios con una servilleta de lino. Los dedos le temblaban.
– ¿Por qué no me conducís hasta el lugar donde fue encontrado? Mientras tanto, que lo trasladen a la habitación de Tadd por el vestíbulo.
Tadd era su hermano, pero raras veces la visitaba, algo que Morwenna agradecía por lo general. Sin embargo, hoy habría buscado el consuelo en su consejo, aunque pudiera ser irrespetuoso.
– Podéis colocar un guardia ante la puerta, pero lo trataremos como a un invitado hasta que encontremos un indicio que nos haga pensar que se trata de un enemigo.
– Pero, milady…
Morwenna le miró fijamente y elevó la barbilla, un gesto que adoptaba involuntariamente cada vez que alguien se atrevía a desafiarla o insinuaba que por ser una mujer tenía menor autoridad que un hombre.
Alexander captó el gesto.
– Como deseéis.
– Cogeré mi capa y me reuniré con vos en la cuadra. Decid al capataz que prepare mi caballo.
El capitán hizo un ademán de protesta, pero se limitó a posar la copa sobre la mesa y asentir con la cabeza antes de abandonar presto la estancia.
Morwenna dejó escapar un suspiro. Se sacudió los dedos para limpiarse las migajas de la comida y se deslizó a la habitación contigua.
