
Se cubrió el cuerpo con una capa cálida, se puso los guantes con ayuda de los dientes y salió corriendo por la serpenteada escalera hacia abajo, al gran vestíbulo.
Los soldados levantaban la camilla del herido, que dejó escapar un gemido cuando movieron su cuerpo, y durante un segundo ella pensó que sus párpados hinchados se abrirían, pero se limitó a gemir sin despertar.
– ¿Sobrevivirá? -le preguntó al médico.
Nygyll movió la cabeza y se limpió las manos ensangrentadas y húmedas en una toalla.
– Es poco probable. Se encuentra en un estado lamentable. Demasiadas heridas. Parece fuerte, pero necesitaría una gran fortaleza para salir de ésta. Tendrá que luchar si quiere seguir viviendo.
– Ahora está en manos de Dios -añadió el sacerdote, persignándose sobre el pecho y meneando la cabeza, como si sentenciara a la pobre alma que reposaba ante él.
– Imagino entonces que hay poco que temer si se queda en la torre -dijo Morwenna.
El sacerdote se disponía a marcharse, pero Morwenna le puso la mano sobre el brazo.
– Padre, un momento, por favor -dijo, y la mirada gélida del sacerdote se encontró con la suya. Retiró la mano rápidamente-. El hombre lleva un anillo con el emblema de Wybren. Notó una tirantez apenas perceptible en los labios del sacerdote-. Es el emblema de la torre del barón Graydynn, vuestro hermano. El emblema de la torre donde murió la familia del barón Dafydd, vuestro tío.
