
El sacerdote no dijo nada.
– Persiste la gran preocupación de que el herido sea Carrick, vuestro primo.
– El traidor.
– Eso dicen.
La mirada atenta del padre Daniel siguió a los soldados que trasladaban al desconocido arriba.
– No, no son sólo habladurías. Es la verdad.
– ¿Lo habéis reconocido?
– No más que vos -replicó el sacerdote, y ella sólo acertó a tomar aliento-. Lo habéis reconocido, ¿verdad?
– Sí, pero…
– Es imposible decir quién es.
– Debemos esperar a que se cure.
El padre Daniel enarcó una ceja.
– Eso si se cura. Como dije, ahora está en manos de Dios. -Se santiguó y después añadió-: Pero desde luego sería prudente informar a mi hermano que su enemigo, nuestro primo, tal vez haya sido capturado.
– Lo haré cuando esté segura de que el hombre es realmente Carrick -dijo Morwenna, mirando cómo los soldados rodeaban la esquina de la escalera-. Los rumores pueden propagarse por Wybren antes de que llegue la mañana, pero hasta que no estemos seguros de quién es, no serán más que eso, rumores.
¿Quién podría haber golpeado al hombre con tanto ensañamiento y después darlo por muerto? ¿Por qué?, se preguntaba ella. ¿Había sido un robo? ¿Obra de unos ladrones desalmados? Entonces, ¿por qué no se habían apoderado de algunos de sus objetos de valor? ¿Se frustró el robo? ¿Acaso algo había espantado a los supuestos asesinos antes de que pudieran robar todo lo que querían y matar a la víctima? ¿O le habían propinado esta severa paliza para vengarse? Y si era así, ¿para vengarse de qué fechoría? ¿Qué pecado pudo cometer ese hombre para justificar un ataque tan brutal?
«¿Y por qué lleva el anillo con el emblema de Wybren?»
