
Morwenna no tenía respuestas para ninguna de las preguntas que la asediaban y caminaba impaciente cuando Alexander volvió, con Bryanna siguiéndole como un perrito que hubiera quedado huérfano.
– ¿El hombre se queda en la torre? -susurró ella. Sus ojos brillaron cuando miró por encima de su hombro, como si esperara que el hombre herido apareciera como un espectro detrás de ella.
– Sí.
– ¿No es peligroso? -preguntó Bryanna, dejando entrever lo que parecía ser una gran expectación.
– Creo que no, está inconsciente y apenas respira.
Morwenna dejó de prestar atención a su hermana menor y se dirigió a sir Alexander:
– Vayamos al lugar donde el cazador encontró a nuestro invitado. Tal vez determinemos qué pasó.
Alexander resopló.
– El invitado -dijo entre dientes.
– Yo también voy -dijo Bryanna, volviendo hacia la escalera, casi chocando con el sacerdote con las prisas-. Perdóneme, padre -alcanzó a decir, y luego a Morwenna-: En un santiamén vuelvo con mis cosas.
El padre Daniel encontró la mirada de Morwenna y, en ella, pudo vislumbrar recriminaciones veladas y algo más, algo oscuro y sombrío -incluso prohibido- que perduraba en sus ojos, de un azul intenso, y que desapareció instantáneamente. Como si también se diera cuenta de lo que había pasado entre ellos, el sacerdote apartó su mirada rápidamente y se apresuró a alcanzar el pasillo que conducía a la capilla.
– No sé qué conseguiréis de bueno con esto -se quejó Alexander mientras los ojos de Morwenna perseguían la figura del sacerdote.
¿Qué secretos escondía el padre Daniel? ¿Cuáles eran, en realidad, los pensamientos más íntimos de todas las personas de la torre? Sintió cómo un frío le calaba profundamente en los huesos. No era la primera vez que se sentía distanciada de todos los demás habitantes de la torre, como un pastor que no sabe nada de su rebaño. Llevaba allí menos de un año. Ella era la forastera.
